Estoy cansada asi que viajo cerca y aún así me sorprendo como de cerca hay paraísos, lugares maravillosso abandonados con voluntad.

pero me gustan los amaneceres, me gusta llegar la primera y descubrir como aparece la luz en la tierra desde esa esquina donde he decidido aparcar mi furgoneta. Esa esquina que no es más especial que otra cualquiera, pero que ha sido seleccionada por agotamiento.

Hizo frío aquella noche. La luna alumbraba todo creando sombras en la oscuridad. A Lima no le gustan las sombras desconocidas asi que gruñía todo el rato. Al lado de la furgo había unas porterías y un árbol muerto. Se escuchaba el ganado y el viento.

Llegamos a La Vereda, un pueblo deshabitado, donde se está celebrando un multitudinario cumpleaños, un hombre toca la guitarra, un montón de perros se huelen el culo en los alrededores, hay globos colgados de los árboles. Demasiado bullicio, nos dirigimos a Matallana.

He conducido por muchas carreteras y pistas forestales, pero nunca antes por una de estas características, paso miedo pensando que en algún bache me voy a dejar el carter o la dirección de la furgo, pero no, llegamos enteros y con agujetas en los brazos. Matallana también es un pueblo deshabitado, allí se termina literalmente el camino de cabras, aunque hay personas que han aprovechado la Semana Santa para darle un empujón a la reconstrucción de una casa.

Los lugares más recónditos también se llenan en Semana Santa. Pasamos la noche haciendo fotos del cielo. 48 horas de pista forestal, la furgoneta vuelve a la carretera dejando un rastro de arena y polvo, volvemos a la civilización, nos pedimos un refresco con azúcar en el bar del pueblo. Preguntamos para comprar carne de la zona, uno de los vecinos nos contesta: “Aquí no hay nada, habéis llegado al final del mundo”. Nos reímos, “Hemos pasado la noche en Matallana”, respondemos. El señor nos invita a los refrescos.

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May 21st, 2017|2017, blog|0 Comments

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