me doy cuenta que es justo al revés

Nov, 2017

Todo lo que escribo en este cuaderno tiene el carácter de no ser nunca definitivo. Lo escribió Paul Valery y lo tomo prestado ahora que he visto mudarse mi piel como se desvisten los árboles en otoño. Hace siglos que no escribo y cuando repaso mis viejos escritos no me reconozco. Me duele el músculo del entrecejo de intentarlo y lo aplazo, doy vueltas en la cama intentando descodificar eso que está ahí, que quiero contar pero se resiste más allá de donde alcanza mi mirada, en las bodegas de la mente, que les llamó Valery.

Las bodegas de la mente, ese lugar de paso que visitamos con suerte en alguna duermevela, donde aparece una idea que por un momento nos convierte en genios, y al despertar, como en casi todos los despertares de la vida, vemos en lo insignificante y poco definitiva que se ha convertido. Entonces aparece la resignación de las conversaciones repetidas, las notificaciones innecesarias en el teléfono, los emails del trabajo, la valleta amarilla de limpiar el baño, qué camisa me pongo o el traqueteo de la lavadora de los vecinos a las once de la noche.
Y nuestro tren sigue su camino parando en cada estación con los

detalles del día a día y su genialidad forma de cubrir con esmero, cegándonos, infoxificando, pervirtiendo cualquier atisbo de creatividad o belleza de nuestro alrededor.

Otoño, como principio y fin. Corre al monte, cruza ríos, en busca de luces y sombras, tonos fríos y cálidos, ruega al sol por una fotografía más, vuelve a casa de noche. Yo hago la foto pero después me doy cuenta que es justo al revés. Recuerdo una maravillosa escena de la película Falling Leaves (1912) de Alice Guy en el que una niña sale al jardin y comienza a atar las hojas de los árboles a las ramas para evitar que se caigan y así retrasar la muerte de su hermana. El otoño una vez más como antesala de la muerte, qué cosas… una estación tan colorida y su luz, que pesan los ojos al mirarla pero que llena de vida. Me recuerdan que hace ya dos años que saqué de mi rutina el edificio enfermo en el que me ganaba la vida y yo miro ese recuedo con desprecio, como si aquella decisión no hubiese sido mía sino del tiempo.

Si el invierno es la muerte, el otoño debe ser algo así como un último suspiro de vida, y la verdad, qué menos que sea puro extasis.

Si me escribes, me haces feliz. elisapineiro@gmail.com

November 13th, 2017|2018|0 Comments