Navego a través de cuerpos paradisiacos cada noche, a oscuras, no hace falta que cierre los ojos, tan sólo debo abrir Instagram. Un rato después siento vacío, mi percepción de la belleza cambia, me aburre, me agotan las cuentas espejo, las vidas ideales, la hermosura sacudida por el viento mientras el sol cae a su espalda creando un halo de magia. Si se repite, no me interesa.

Es entonces cuando más me siento atraida por la mediocridad. ¿De calidad media o de mala calidad? Aclárense. Menuda injusticia para la palabra. Lo que no es excelente es mediocre, y no sé por qué nunca utilizaría esa palabra para definir un acto común. Resulta terapéutico asociar palabras a sentimientos.

No soy una triste por sufrir ni por asustarme. Vivo el sufrimiento de mi vecina de abajo, de mi bañera marchitándose, de mis dientes apretados, furiosos por las noches. Sufrir es a veces la más primaria de las formas. Sufro el silencio y por eso callo, sufro la “nada” y el “nada”. Sufro para simplificar mi existencia por cosas abstractas o vaporosas, por la poesía o el papel en blanco.

Y sin embargo, ya no me duele. Ni siquiera la espera.

Ni siquiera la duda.

Y mucho menos el llanto.

Me asusta el viento cuando golpea las ventanas, el segundo después de un grito, mi gato por las noches, inmóvil, esperando que cierre los ojos para saltar encima de mi y morderme. Me asusta mirar una monja en la sala de espera de un hospital.

Me asusta gustar, cuando no coincido.

Me asusta querer y ser correspondida.

Pero es sólo cuando dejo de querer…, es sólo ahí, en ese mediocre punto de sufrimiento, cuando muero de miedo.

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March 30th, 2017|2017, blog|0 Comments

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