pero el aventurero debe ser sensato

 – G.K. Chesterton

 Sería un duende o quizá un ángel sentada en una sala de espera.  Llena de comida. Cientos de cubiertos esperando por secar.  Otro idioma, otra ciudad y otra gente, que decía la canción, aunque ya no recuerdo cuál. Aguanta estoica al italiano que en sus días libres canta y toca la guitarra en la falda del gran ojo londinense.  Ahora seca los cubiertos desencantado. Por sus miradas, quizá se hayan besado.

Tiene ganas de aullar, salir corriendo y tirar atrás el uniforme que le acaban de dar, prisionera de cuadros grises. Focos de un pub inglés abarrotado de turistas y australianos al mando. Nadie quiere bajar a la cocina. Allí, sólo hay un vampiro, un pirata y un ogro. Y están a la misma temperatura del aceite que fríe sin control 150 fish and chips para un grupo de coreanos cargados con paraguas, chubasqueros y gorros.

En los descansos escapaba del calor de los fogones, del cocinero polaco que amenaza espátula en mano y se expone a la lluvia, Trafalgar Square y St James Park. 

Mira hacia el suelo, Sara -mi ángel- dibuja sombras borrosas. Luces divididas que arden. Humos que salen de las alcantarillas, hace frío, se aprieta la bufanda. Las manos olvidadas entran en los bolsillos buscando cobijo. Huele a comida podrida, sabe a cerveza caliente, es una noche más de una vida londinense. Charing cross dirección New Oxford Street, allí podrá coger el autobús. El suelo se mueve y ve letras desordenadas, suena Panic The Smiths.

Todavía no sabe si viajará hasta casa sola o acompañada. Ella es Cristina, que con pesar recuerda un atardecer de rosa y naranja. También es Blanca, pero puede disfrazarse de Negra con un chupito de tequila. -Vamos al pepes…, dice comedida.

Un vampiro mudo le sigue dos pasos por detrás, le mira el culo, sonríe y enseña sus colmillos. Ella no tiene miedo, porque en cualquier momento saldrá volando, lo echará de menos…pero saldrá volando. Un nuevo final amargo, una nueva fruta que se pudre en sus manos.

Un día gris y lluvioso decidí volver a casa. No era un viaje fácil así que lo hice en dos partes. Un violín y una guitarra azul, cientos de recuerdos y propiedades adquiridas durante un año empaquetadas. Otras quedaban atrás. También sangre, amor, sudor, cerveza, grietas en las manos, dos apartamentos y un (inmejorable) compañero de piso, algo de hierba y algo de alcohol, … Un par de cuadernos testigos de una soledad disfrutada.

Todo parecía haber tenido un principio y un fin entre los límites imaginarios de una ciudad loca, como yo de amor por ella. Por lo que significaba volar a cualquier otra parte. Hace ahora diez años de todo esto  y llevo unas semanas revisando todo el archivo de fotografías que tomé. Me encantan.

Podría haber mirado mejor o buscar más, sí, quizá.  Aún no sabía mucho de fotografía pero saber de fotografía no te enseña a acercarte a alguien y plantar la cámara, invadiendo su espacio e intimidad y conseguir algunos de estos retratos, mágicos, imperfectamente llenos de vida.

En estas fotografías no están todas las personas que fueron importantes, porque no siempre tuve la oportunidad de hacerles una buena fotografía. Lo que sí tengo claro es que todas las personas que aparecen fueron importantes. Amigos que se convierten en amores, amores que se convierten en vampiros, prejuicios inesperados, muerta de risa casi todo el tiempo. He aquí mi homenaje a todos ellos.

Sara es estampada a la altura de la parada del autobús. Siente el cristal de una puerta en su espalda, sus labios son mordidos, su cuello apretado, le cuesta respirar. El vampiro quiere hacerla desaparecer, es un estorbo en su vida, es veneno demasiado tentador. Carne tierna, sangre dulce, el paraíso de un mosquito. Sus ojos son azules, siente la explosión de su pecho al respirar su olor, el aliento de una boca prohibida.

Llega el autobús, pero aún no es tiempo de entrar, el jodido vampiro tiene ganas de mear. Ella le acompaña, cogida a su mano, sabiendo que merece algo mejor, rogando por otra cerveza que le haga finalmente desfallecer, perder el control, olvidar el sentido de lo moral, olvidar el sentido de lo humano y finalmente besar la calavera.

Huyó a mear, un gato de dos colores se acerca a Sara. Una bombilla parpadea en un callejón de color azul. Hay reflejos mojados, sombras, una iglesia justo detrás. No hay estrellas en una ciudad eternamente iluminada, custodiada por grandes torres y encadenada al ruido.

Ciudad del eterno viaje al futuro, preñada de ángeles al servicio de la oscuridad, el susto y la mentira. Sara detesta por encima de todo la mentira, detesta las trampas, los juegos en los que participa como mera observadora. Drogadicta del silencio, Sara espera subida en una barandilla.

Ella es todo vida; en su interior la pasión y la inteligencia forman un bando insatisfecho con sus actos. Lo hago sin pensar, lo quiero sin pensar, lo odio sin pensar, lo humillo sin pensar, me humillo a mi misma…sin pensar, se lamenta mientras observa aquel vampiro recién vaciado acercarse a ella. En la noche ha ganado fuerza; endeble cuerpo, delgados brazos, afilado rostro que se enfrenta a Sara con la fuerza de un titan, le agarra de la cintura y se acerca, despacio, deslizando sus albinas manos, su boca de sangre, hasta ella, hasta su boca mordida.

-¿Has mirado hacia abajo?, le susurra al oído.

Sara se inclina, pero la cerveza y el amor la protegen del vértigo. Veinte metros de distancia al alcance de un pequeño empujón.

– Procuro mirar siempre hacia arriba…, sonríe, inconscientemente amenazada.

Las gotas de agua arrastradas por el viento de una fuente, el timbre del teléfono, una canción que susurra una noche de insomnio, el sol cegador de Saint James Park, el palpitar de un piano, todo para ella ante sus ojos. El dolor calzado como costumbre en sus zapatos. No entiende otra voz, no conoce otro sentimiento igual, no sabe lo que hace a un empujón de veinte metros de vuelo. Recoge tu pelo, suspira y no caerás, piensa.

– Si me tiras, vienes detrás…, dice envalentonada.

-Sabes que puedo hacerte volar, ¿has pensado en la muerte?,-dice-, qué fácil sería dejarte caer…-piensa-.

– ¿Tanto me quieres como para matarme?, pregunta Sara rebelde.

– Te acordarás toda la vida del día que casi mueres…

– Me acordaré, lo prometo.

– Yo me acordaré del día que casi te mato.

La boca ácida del vampiro se disolvió con la saliva de Sara. La mirada se mudó en tierna, conservaba la rabia prohibida de un contacto contenido durante mucho tiempo. Quizá una centena de horas. Se odiaron en una vida, obsequiada con estallidos ilusos de una paz que nunca llegaría.

Le abrazó fuerte por la cintura, sus cuerpos hicieron un puzzle serpiente a veinte metros de vuelo. En un callejón londinense, cerca del Center Point, de la fuente, de las ardillas que vagan, del autobús rojo de vuelta a casa, del bar y el piano, las sirenas sonando, en aquella barandilla dos cuerpos creyeron ser el centro del universo.

Si me escribes, me haces feliz. elisapineiro@gmail.com

January 12th, 2018|2018, blog|0 Comments