Me desperté detrás de la cortina en una habitación del barrio de Kreuzberg. ¿Serían aquellas hojas doradas parte de la gran belleza? Te echaba de menos, echaba de menos viajar contigo.

Si juegas con el destino estarás jodido de por vida, pensé. No indages todo, también es hermoso que algunas cosas pasen desapercibidas, decía Sófocles. Qué razón tenía. ¿Era el mejor momento para sincerarse? No, la respuesta que buscaba.

Cámara en mano en un escenario gris, es difícil escapar de los japoneses, de las interminables avenidas y de la cerveza. En vez de palomas, en Berlin hay cuervos.

Encontré en cambio muchas razones para dejarme seducir por el otoño.

Era mi destino pasar frío, seguir en el camino de aceptar que he llegado a la edad de preferir madrugar que trasnochar. Llueve, se hace de noche y sigue lloviendo, pedalea. Descubre esto y aquello, -ahora resulta que soy una crack jugando al futbolin- pedalea más, refugiarse al margen de la historia. A veces tengo la sensación de haber vuelto a Londres y otras que aún me he fui más lejos en el tiempo, hasta Amsterdam.

Ha dejado de entusiasmarme el Wheatpaste. Mi bici me ha tirado al suelo intentando subir un bordillo. Descubro que en realidad mi comida favorita es nepalí, que el tipo que me acoje en su casa es un italiano enemigo del barrio por alquilar a extranjeros una hermosa habitación a un precio, al parecer, desorbitado para la zona. A los alemanes no les gusta eso, ni que los turistas se cuelen en sus parques de atracciones abandonados. Aún así es un buen anfitrión y en su casa hace siempre calorcito.

Sale un rato el sol y un gato se pasea buscando dueño. En Berlin hay parques con trompetistas que ensayan solos al borde de una pista de despegue. Mujeres con velo que vuelan cometas con niños y un jardín lleno de zapatos, que son macetas.

 

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March 9th, 2017|2017, blog|0 Comments

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